SLOW PARENTING O EL ARTE DE EDUCAR A FUEGO LENTO.
Uno de los factores más recurrentes en la actual sociedad moderna es que la vida simplemente va demasiado deprisa. Siempre tenemos la sensación de que nuestro único propósito es ganarle la carrera al tiempo. Le echamos un pulso diario al reloj que consultamos con demasiada frecuencia y acaba siendo el que gobierna y dirige nuestras vidas. Realizamos cualquier actividad a un ritmo frenético comprobando si todavía estamos a tiempo de empezar la siguiente, es decir, no hemos alcanzado todavía el andén cuando el tren ya está saliendo, un tren de alta velocidad que nos llevaría al inicio de nuestra próxima tarea.
La actual cultura del trabajo está perjudicando nuestra salud y llevándonos irremediablemente al agotamiento físico y mental. Ese agotamiento que tiempo atrás sólo hacía huella en personas de avanzada edad pero que en la sociedad actual está incluso atacando a personas muy jóvenes. Centenares de nosotros arrastramos agotamiento y cansancio obligando a nuestro cuerpo y mente a ir más allá, casi a la extenuación absoluta.
Además, nuestra impaciencia afecta incluso a nuestro tiempo libre. Todos los años miles de personas padecen lesiones relacionadas con los deportes y el gimnasio donde nos esforzamos hasta el exceso. Cualquier deporte lo practicamos con prisas: demasiado rápido y demasiado pronto (clases de ejercicios aeróbicos en 30 minutos, jogging indoor en una sala abarrotada de gente esperando su turno, spinning y aerobic en 40 minutos, natación por libre para ahorrar tiempo y poder volver a casa pronto). Todo en salas cerradas con grandes ventanales a través de los cuales contemplamos un paisaje urbano lleno de edificios, tiendas, atascos y gente corriendo frenéticamente de un lado a otro. Nuestro cuerpo no está preparado para semejante ritmo.
Continuamente nos estamos moviendo en el carril rápido de nuestra propia autopista hacia el éxito causando paulatinamente un daño que afecta no sólo a nuestro estado físico y anímico sino también a nuestra vida familiar. En cualquier sociedad industrializada todos los miembros de la familia van y vienen, por eso los niños al regresar de la escuela se encuentran con casas vacías donde no hay nadie que pueda escuchar cómo les ha ido el día, cuáles han sido sus anécdotas, cuáles fueron sus preocupaciones y deseos. Y para evitarlo ¿qué se nos ocurre? Les damos una agenda y llenamos sus tardes con múltiples actividades extraescolares como si fueran pequeños adultos (solfeo, natación, informática, tenis, inglés, francés, alemán, chino, ballet, dibujo, fútbol, etc). Les obligamos a vivir como adultos una infancia que no volverá a repetirse y les negamos el derecho a desarrollar tareas más propias de la infancia: jugar con sus amigos, soñar despiertos, avivar su imaginación leyendo cuentos, en definitiva, no les dejamos ser niños. No les damos la oportunidad de elegir cómo quieren pasar su tiempo libre no sea que elijan estar con nosotros y nos veamos obligados a frenar muestra apretada agenda para estar con ellos.
No somos conscientes de que los niños tienen menor capacidad para enfrentarse a la privación de horas de sueño y al estrés laboral que los adultos, lo que queda reflejado en la cantidad de niños que acuden a la consulta de psicólogos especializados porque padecen ansiedad, trastornos estomacales, dolores de cabeza, insomnio, depresión y trastornos alimentarios. Estamos obligándoles a madurar con demasiada rapidez. Hemos perdido el arte de no hacer nada; el hastío es una invención moderna: cuando eliminamos todos los estímulos que la sociedad pone a nuestro alcance no sabemos distraernos, no sabemos cómo emplear el tiempo y nos ponemos nerviosos, irritables y hasta nos invade el pánico a "no hacer nada". No sabemos cerrar las puertas al mundanal ruido, aflojar el paso, estar a solas con nuestros pensamientos, disfrutar del silencio y de la quietud del sofá.
Hoy en día vivimos un importante avance en la sociedad: los medios de comunicación y la difusión de las nuevas tecnologías potencian la precocidad de los más pequeños como nunca antes había ocurrido. De manera que muchos padres, con la aspiración de que sus hijos sean mejores y perfectos en todo para no quedarse atrás, les inculcan aquellas actitudes y aspiraciones que sus progenitores no pudieron conseguir. De este modo, cualquier intento de que los hijos cumplan sus propios sueños queda soterrado por completo. Se ven obligados a vivir "una infancia perfecta" y una "vida perfecta" interfiriendo lo menos posible en la vida de sus padres.
En respuesta a esta asfixiante situación surge el "Slow Parenting". Un movimiento internacional cuyo promotor es Carl Honoré, escritor canadiense afincado en Londres y autor del Poder de la Lentitud (The Power of Slow: Finding Balance a Fulfillment Beyond the Cult of Speed). Cuando se dio cuenta de que su vida había tocado techo, intentando siempre llevar un ritmo frenético, hasta el punto de comprar para su hijo de 2 años unos Cuentos para Dormir en 1 minuto, decidió frenar en seco una vida dedicada a engullir el mayor número de cosas por hora. Todas las personas que le rodeaban se veían afectadas por este ritmo trepidante que le llevó a arañar minutos al ritual de acostar a su hijo. Y llegado a este punto dio a su vida un giro de 180º y decidió escribir este libro (parte de una amplia colección) sobre el arte de "lo Lento".
"Lento" significa hacer las cosas a la velocidad adecuada: cuando hay que hacer las cosas deprisa, se acelera, y cuando requieren de más tiempo, se frena. Implica "calidad" antes que "cantidad". De ahí que "Slow Parenting" implica llevar ese mismo equilibrio al seno familiar. La infancia no es una carrera de obstáculos sino un tiempo del que hay que disfrutar dejando a los niños que se desarrollen por sí mismos y a su propio ritmo. Los "Padres Slow" dan a sus hijos todo el espacio y el tiempo que ellos necesitan para explorar y descubrir el mundo. Mantener a la familia bajo control para poder disfrutar los unos de los otros. Se trata de darles todo el afecto y la atención posibles sin condiciones. Hay quienes piensan que los tiempos de crisis económica son buenos para practicar el Slow Parenting: a menos solvencia económica, menos agendas apretadas con actividades extra.
Lo que es cierto es la falta de implicación familiar en la educación de los jóvenes, algo que CSI·F viene denunciando desde hace mucho tiempo. Muchas familias han tirado la toalla y han cesado sus funciones de educadores y orientadores de los hijos. Y han sido sustituidas por los videojuegos, Internet, la televisión y demás tecnologías. Se imponen unos nuevos valores culturales donde el esfuerzo no tiene cabida y los roles a imitar son los personajes mediáticos que pregonan a los cuatro vientos las maravillas vender sus intimidades a cambio de ingentes cantidades de dinero, es decir, obtener una recompensa fácil y rápida sin apenas trabajo.
Una de los últimos estudios presentados por el Observatorio Estatal de la Convivencia arrojaba datos bastante preocupantes en cuanto a la participación de las familias en la educación de los hijos: el 20% de las familias no ayudan nada a sus hijos en los deberes y un 26% los ayuda durante una hora. Al mismo tiempo reconocen que el tiempo que sus hijos dedican al estudio es de menos de 1 hora (20%), y de 1 a 2 horas nos encontramos con un 42%. Un 14,5% de las familias afirma no compartir ninguna actividad de ocio con sus hijos, y un 22% comparte ocio 2 veces al mes.
Es necesario insistir en las graves repercusiones que acarrea la dejadez de funciones familiares y la relatividad de la contribución personal en la educación. Como consecuencia, los adolescentes están más expuestos que nunca y son más vulnerables a dejarse influir por la banalidad de la violencia y consumismo descontrolado.
Madrid, 15 enero de 2010.
SECTOR NACIONAL DE ENSEÑANZA CSI·F
MATERIALES DE TRABAJO
LEER EN FAMILIA: http://www.ocioenfamilia.com/encasa03.htm
ACTIVIDADES PARA APRENDER JUGANDO: http://www.childtopia.com/index.php?newlang=spa
CIBERTECA PARA PADRES: http://www.lapandilladeleo.com/ciberteca/enlaces/para_padres.htm
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